Trabajo y persona en san Benito

Intervención del P. Mauro-Giuseppe Lepori OCist en Encuentro: “Un nuevo comienzo: el imparable dinamismo de la persona en el trabajo”, 15.07.2020. Organizado por la Asociación Civil Trabajo y Persona (Venezuela) y el El Centro de Investigación Social Avanzada (México)

He meditado sobre el tema de este encuentro a la luz del carisma y de la Regla monástica de san Benito, y por lo tanto de mi experiencia como monje y abad cisterciense.

Lo que dice San Benito sobre el trabajo es un aspecto fundamental de la renovación cultural y social que el movimiento benedictino ha provocado en Europa y en el mundo. Para San Benito, el valor y la calidad del trabajo dependen del servicio que éste hace para edificar a la persona. No se preocupa tanto o sólo por el trabajo de los monjes, sino por su vocación, la vocación monástica que no quiere hacer otra cosa que ayudar a vivir la vocación fundamental que Dios ha puesto en el corazón de cada hombre: la de desear la vida y la felicidad, y por lo tanto a Dios.

1. Un trabajo amigo de la persona

Cuando habla explícitamente del trabajo diario, en el capítulo 48 de su Regla, San Benito comienza con estas significativas palabras: “La ociosidad es enemiga del alma” (RB 48,1). Es una llamada a vivir el trabajo buscando el bien de la propia vida, como amigos de la propia alma, es decir, del propio yo real y profundo. Es como si San Benito hiciera depender toda la necesidad del trabajo de esta convicción de que sin trabajo el hombre no es amigo de sí mismo. Luego, al final de este capítulo, habla también de la necesidad de trabajar para vivir, en otros capítulos nos hace comprender que hay que trabajar para ayudar a los pobres, a los débiles, a los enfermos, etc., pero lo primero que señala es que el trabajo es bueno para la persona, para su felicidad y su plenitud.

Este enfoque fundamental de la calidad del trabajo es también un criterio que nos impide reducir el concepto de trabajo a una sola dimensión. De hecho, para San Benito, lo que combate la ociosidad enemiga del alma no es sólo el trabajo manual, es decir, el trabajo necesario para vivir, sino también la lectura meditada de la palabra de Dios: “La ociosidad es enemiga del alma. Por eso los hermanos deben ocuparse, en ciertos momentos, del trabajo manual y en otros de la lectura divina.” (RB 48,1)

Esta preocupación de San Benito nos ayuda a tener en cuenta un aspecto que, de hecho, se descuida hoy en día: que la persona humana es una unidad compuesta por diferentes niveles, cuerpo, alma y espíritu, que nos hacen capaces de relación con Dios y los demás, y que sólo respetando todas las dimensiones de la persona se pueden regular de manera adecuada y constructiva todos los ámbitos de la vida.

El trabajo de meditación a partir de la Sagrada Escritura hace al hombre sensible a su alma, sensible a las verdaderas y profundas necesidades de su corazón, de modo que este trabajo permite también ejercer el trabajo manual con una conciencia capaz de hacer de él un camino y un instrumento de edificación de la persona, incluso cuando es cansado e insatisfactorio.  Es el sujeto capaz de comunión quién da calidad al trabajo, a condición de que profundice en la conciencia de sí mismo, de su naturaleza y vocación.

Para los que cultivan esta conciencia, nada es trivial y de poco valor; todo es universal y abarca la tierra y el cielo. Por eso, a pesar de sentirse “siervos inútiles”, es con gratitud que uno hace lo que hace. La verdadera alegría del trabajo es la gratitud. En el monasterio se pide la bendición y la gracia de poder trabajar bien y se agradece el trabajo realizado. Es decir, Benito ve en el trabajo un valor eucarístico, hasta el punto de pedir al ecónomo que considere “todos los instrumentos y todas las posesiones del monasterio como vasos sagrados del altar” (RB 31,10).

2. La humildad como la verdad del trabajo

Cuando el hombre es educado para meditar sobre su vida a la luz de la palabra de Dios, a la luz de la Revelación, por lo tanto, de la Palabra de Dios hecha hombre, el primer efecto positivo es que ningún aspecto particular de la vida logra encerrar y agotar el sentido que el hombre da a su existencia. San Benito consagra el capítulo ascético más largo y detallado de su Regla a la búsqueda de la humildad y su formación a través de todas las circunstancias de la vida. Según él, la humildad es el camino que lleva a la persona a la libertad del amor filial con Dios y el amor fraterno con todos. Y comienza este capítulo diciendo: “La Divina Escritura, hermanos, nos dice a gritos: El que se exalta será humillado y el que se humilla será exaltado” (RB 7,1). Entendemos entonces que, si el trabajo manual debe ir siempre acompañado del trabajo de meditar la Palabra de Dios, es precisamente para que no falte esta “llamada de la Escritura divina” que inserta en la vida la conciencia de que la humildad evangélica es el secreto del verdadero cumplimiento de nuestra vida.

Este juicio nos libera de nuestra tendencia a reducir nuestro trabajo a un ídolo de nuestro orgullo. El capítulo 57 de la Regla, sobre los monjes ejerciendo un arte, comienza inmediatamente diciendo: “Si hay expertos en algún arte en el monasterio, que ejerzan su trabajo con toda humildad” (RB 57,1). La humildad es una relación con el trabajo y los propios talentos que los mantiene en su verdad con respecto a la vocación global de la persona. Hemos sido creados para Dios, no para el trabajo o la ganancia.

Por esta razón San Benito no duda en sacrificarlo todo para la gloria de Dios, consciente de que es en esta gloria donde el hombre se realiza plenamente. El capítulo 57 continúa así: “Si alguien se enorgullece por su habilidad en ese trabajo (…) que lo saquen de ese trabajo y no lo retome nunca más, a menos que el abad, viéndolo hacerse humilde, le permita hacerlo de nuevo. Si tiene que vender algunas de las artesanías del monasterio, tenga cuidado con los que se encargan de tratar el asunto de permitirse cualquier fraude. (…) Incluso al fijar los precios, no se insinúe ningún pecado de avaricia (…) para que en todo sea Dios glorificado” (RB 57,2-9).

3. La obra del hombre y la obra de Dios

Es por eso que el trabajo en el monasterio no sólo está intercalado con la oración, sino que está penetrado por ella. No se trata sólo de rezar mientras se trabaja; se trata de la conciencia de que el trabajo del hombre alcanza su más alta realización cuando se vive como un instrumento y una expresión de la obra de Dios.

San Benito llama al Oficio Divino, la liturgia diaria de las Horas, “obra de Dios”. Se trata de momentos del día y de la noche en que los monjes se educan para conocer y reconocer la presencia de Dios. En el capítulo 50, San Benito explica cómo los hermanos que trabajan lejos de la iglesia del monasterio deben rezar el oficio. Pide que al mismo tiempo que la comunidad, “hagan la Obra de Dios en el mismo lugar donde obran” (RB 50,3).

Para mí es una maravillosa definición de la posibilidad que se nos da de consagrar el trabajo humano. La actitud y el gesto de la oración permite incluir la obra de Dios en el trabajo humano, de modo que el trabajo humano exprese la obra de Dios. Se realiza como una sinergia entre las dos obras, y todo se convierte en obra de Dios.

Detrás de esta expresión está la fe en la Encarnación: en Cristo, y en su Cuerpo que es la Iglesia, lo humano y lo divino vienen a coincidir, a realizarse al mismo tiempo y en el mismo lugar. Y esto transforma la realidad humana, la cultura humana, en una realidad divina.

4. Comunidad de trabajo

Pero no puedo omitir, para concluir, otra dimensión fundamental en la concepción del trabajo en San Benito: la dimensión comunitaria. Todos los capítulos de la Regla hablan de ello, pero me limito al capítulo 31 sobre el administrador del monasterio.

El administrador, o celerario, es el responsable delegado del abad en todas las áreas económicas del monasterio. Pero para San Benito está claro que esta responsabilidad por las cosas, las actividades, el dinero y las necesidades, es una responsabilidad sobre las relaciones comunitarias. El celerario no es realmente responsable del trabajo sin asumir la responsabilidad de las personas. San Benito resume todas las cualidades que debe tener con estas palabras: “que sea como un padre para toda la comunidad” (31,2). Esto significa que la preocupación de San Benito es que la comunidad de trabajo sea sobre todo una comunidad fraterna, y esto transforma toda la organización e implementación del trabajo. La conciencia de la relación nueva introducida por Cristo entre todos los hombres convierte la forma instintiva según la que el hombre tiende a vivir todos los aspectos de su vida. La comunión fraterna en Cristo transforma toda la realidad, así como la Comunión trinitaria es el origen, el fin y la consistencia de todas las cosas. El desafío que Benito presenta a todo el mundo económico es que el mejor trabajo, la mejor economía, está allí donde uno trabaja para y con sus hermanos y hermanas, como si toda la comunidad de trabajo, y toda la humanidad, no fuera más que una gran familia.

¿Utopía? Tal vez. Pero lo que hace realidad la utopía es siempre partir de uno mismo, convirtiéndose primero en una forma de vivir y trabajar que respete la verdadera sed del corazón humano, que no es la sed de conquistar el poder y la riqueza, sino la de amar y ser feliz en la comunión con quién vive junto a nosotros, para crecer en comunión con toda la humanidad y la creación. No es el poder sino el amor quien culmina la vida de la persona, y por lo tanto el trabajo vivido como humilde servicio, gracias al cual, como dice todavía san Benito, “se consigue la caridad” (cf. RB 35,2).

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